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POÉTICAS TRABAJADORAS

 

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Lucy, oveja negra

                                                                          Se ha perdido la oveja negra.

                                                                     Se me ha ido para las piedras,

                                                                    a ese pasto que queda arriba

                                                                   de la montaña, cerca del sol,

                                                                 ¿o estará buscando otra oveja de su color?

                                                               Es la misma oveja oscura que de noche

                                                               no se ve bajo los rayos de la luna.

                                                                Es la misma que se atora en los barrancos.

                                                                Es la misma que anteayer maldijo el cura.

 

Llega el fin de semana y me cuestiono qué me habilita a hablar de mujeres que trabajan. Por qué decir, sí está siendo evidente… pero, ¿desde dónde yo puedo decir algo de ellas? ¿Cómo dosificar una perspectiva? ¿Hasta dónde cometen injusticia mis palabras impertinentes?

¿Será verdad que necesitamos resucitar en las bocas de otras?

A veces pienso en esas reescrituras que aún no se hacen de “anti”heroínas que la historia y la literatura nos han botado por la cabeza: desde Madea hasta las muchachas de Arlt, todas siervas de su propia impotencia, fragilidad o estupidez. Dependientes, desgarradas, empobrecidas, confundidas, usadas. Tramposas consigo mismas, estrechan más el alambre de su jaulita. O brillantes pero ignoradas echadas al fuego.

Frecuentemente pienso en las sirenas. Multiformes y paradójicamente mudas: ¿quién sabe cómo se define a sí misma una sirena si siempre se ha huido de su voz? Aves horribles que engañaban a los astutos navegantes del mar, soberbios en sus estratagemas. Hermosos pechos y misteriosas caderas que prometían el conocimiento como triquiñuela caníbal para con los pobres hombres del mar (del comercio, de la guerra, de la violación). ¿Quién sabe si desde Homero a Kafka no fue todo un solo canto insulso y lineal, que la humedad y el vaivén de las mujeres ni tuvieron interés en compartir? Así va el experimento de hoy:

Una historia puede empezar a narrarse por los personajes.

Puedo decir: Lucy, maestra rural y comandanta amazona. Puedo invitar a estos párrafos a la otra madre: Ella, con senos blandos y derretidos, Ella con manos arrugadas pero jóvenes, Ella con cara de flores machacadas. Pasemos al monstruo imperdonable… no. Antes quienes no van a estar ausentes: la decena de niños y niñas que heredan y multiplican el relato, hijes de ambas. Y convoco también a unos actores de hospital: alguien que puede mentir y otros que sostienen la puesta en escena.

Ahora sí hablaré de la fuerza malévola de nuestra historia: un marido con puños de triturar estrellas; un ogro que multiplica críos para comérselos de un grito; un descarte de macho.

Consignar los espacios y los tiempos delimitaría biográficamente lo que quiero hoy compartirles, queridas lectoras. Así que pongamos por mapa cualquier pedacito de tierra que queda algo lejos del centro. Y pongamos de cronómetro estos días que quedan algo cerquita de nosotras.

Habla Alan, hijo del ogro y de Ella: Seño, tengo hambre. Seño, mi mamá está enferma. Seño, mi mamá vive exprimida. Seño, tengo miedo.

Habla Ella, mamá de Alan y de otras cuatro estrellas: Lucy, ayudemé. Lucy, no sé cómo aguantar. Lucy, va a matarme. Pero, fijensé el detalle, Ella no habla así con estas palabras que yo digo. Ella llega a buscar a sus hijos a la escuela y los mira con ojos partidos.

Pero son dos faros los ojos de Lucy. Un templo de fuego que ilumina otros planetas. Esa ventana por donde se respiran otras veredas. Entonces la comandanta sabe qué cosas se escuchan en ese nicho donde Alan y sus hermanos intentan crecer: una piña, vergüenza y miedo, unas patadas, terror y broca, gruñidos, espanto y frío. Y Lucy quiso decir un cuento distinto para la mujer y sus niños. Un canto de ribera y playa y umbral. Quiso torcer las secuencias para instalar otro puente: al relato del titán machacador lo bifurca una nueva historia. Esto suele lograrse cuando un personaje se revela al mismo omnisciente y sabe y puede configurar otra matriz narrativa.

Hablan un jefe de guardia, un camillero y un chofer de ambulancia: Mañana miércoles. A las ocho. Ella va a fingir una peste y los niños la van a seguir. Yo llevo frazadas. Yo llevo un termo con algo caliente. Yo hago la nota de traslado. Yo aviso si sale el marido. Yo los llevo hasta el centro.

El faro-sirena cantora ya parió una y mil historias diferentes. Han pasado muchos inviernos y Lucy se está bajando de su atalaya. Otras amazonas la relevan y tratan de acomodar las piezas en una sala de velar muertas y decir gracias y chau. Las hijas de Lucy han llorado con mejillas de flor estrujada y están escuchando muchos cuentos hoy. Porque su mamá fue una tejedora de puentes y llegan sirenas de otros lados a cantar esas batallas.

Habla una hija de Lucy, me lo cuenta (verán que no siempre invento): Ella no tenía más de treinta años, pero había vivido cincuenta vidas de flores exprimidas. Nos contó la estrategia de la enfermedad y la ambulancia. Agradeció por el rescate de sus hijos. Estas cosas hacía mi mamá a veces, salvaba semillas y peces.

 

 

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