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POÉTICAS TRABAJADORAS

 Nueva entrega de nuestra querida Beatríz Zuru.

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    Las otras otras, las de más allá

Tenemos la mente organizada en categorías. Bah… “tener”, uso un verbo al azar. Pero la cosa es que nuestra manera de ver el mundo se organiza medio como por mapas… así tipo con centros neurálgicos, cinturones de circunvalación y villas miserias. A veces pensamos por estantes y otras por baúl revuelto. La cosa es, ponganlé, pensemos: cuando sometemos a un testeo serio dichas clasificaciones, ¿nos estamos poniendo en juego nosotras mismas?

Por ahora les paso una clasificacion muy seria y documentada que hice de algunas trabajadoras del ámbito educativo. Ellas están más allá que las mismas maestras. No solo a nivel salarial, sino de estatus, jerarquía, mirada de dios, etc. Ejemplifico y atestiguo cómo directivos, docentes, representates legales, supervisores (aquí no me da la gana usar el lenguaje inclusivo) bloquean la presencia de las porteras (personal de maestranza, mientras más eufemismo, mejor). Anulan su función. Silencian sus iniciativas aunque sean más acertadas que una resolucion ministerial. Los alumnos no las respetan. Las alumnas les temen. Sí, señoras, estoy escribiendo en el 2018. Esto pasa. Esto apesta.

Anita | Limpia como un ángel. Silenciosa, prolija, precavida. Habla despacio. Aconseja con las más dulces frases del corazón. Solidaria. Cuando alguien, hundida en su soledad, necesita una mano, ella tiende sus alas. Refriega con polvo los inodoros. Siempre mantiene agua hirviendo. ¿Ángel?

Georgina | Al patio lo lampacea en tacos. Diosa con permanente y aros argolla. Te saluda y es una tía copada. Lleva una muda para “adecentarse” en los actos. Ha customizado su chaqueta azul. Vende productos y te dice la posta si un labial te quedará como el orto. Te señala sin pudores al mano larga en la institución. Hace meses que pide guantes. Ya no menstrúa pero lleva toallitas para las chicas. ¿Hada madrina?

Mariarrosa | Le cuesta muchísimo caminar y no quiere operarse. Siempre la mandan a tareas fáciles para que no se queje. Anda en moto. Ya casi no echa lavandina. En el 2005 le hicieron un sumario porque se llevaba rollos de papel higiénico en el corpiño. Llega a la mañana con olor a humo porque el gas se ha ido a tan caro. Trabaja para sus nietos. La moto era de su hija. ¿Entienden o les hago un dibujito?

Francisca  | Limpiar la escuela fue su único trabajo pago. Antes, su marido y sus hijos (pero más lejos, su papá y sus hermanos) la habían estrujado. Se llevaba a su casa los guardapolvos de las maestras para lavar y almidonar. No sé si por eso le habrán pagado. Además, una vez al mes, dejaba impecables los manteles y las sábanas del cura. Sí sé que no cobraba por hacer eso. Su orgullo era dejar blanquear las tazas de la sala de señoritas y ayudar a revisar los piojos de los niños. Cuando el viejo Alfredo Avelín visitó la escuela, le preparó un té con semitas; de ahí se hicieron compinches, él la diagnosticaba y le daba remedios. No resistiría los simulacros que se hacen hoy en las escuelas porque con el terremoto del 44 le alcanzó. Seguramente fue muy vigilante y quejosa y caminaba más rápido que cuando yo la conocí. Menos mal que ya se había jubilado cuando yo llegué. Ahí tuvo todo el tiempo para hacerme sopas y ponerme a recitar “versitos”. Le gustaba escuchar el noticiero y leerme la biblia. Pero también le gustaba contarme cómo era mi abuelo. Se inventaba versiones de la Caperucita Roja y de Cenicienta cada noche. Hasta imaginó una especie de saga con hermanas que se peleaban y una aprendía a ser mejor pero la otra no. A escondidas robábamos dulce de membrillo y nos lo comíamos mientras escuchábamos canciones de amor por su radio. Me decía que antes los carnavales eran una gran fiesta de muchas calles, quiero tanto de esos detalles. Me decía cómo era trabajar en las escuelas pero no me acuerdo tanto de eso. Eran patios grandes y baños helados, con señoras de apellido largo y peinados de peluquería, que les preparaba impecable la mesa de la sala de señoritas y la querían mucho. Ahora quisiera saber su receta para soportar la jornada, para sobrevivir a los cimbronazos y a las estrujadas. Saberla por indagar no más. ¿Sabés, abuela?

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