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POÉTICAS TRABAJADORAS

Tercer entrega de nuestra columna literaria, sabemos que están ansiosas y ansiosos por leerla así que no la hacemos tan larga. Disfruten.

 

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Por: Beatriz Zuru – Columnista

 

 

Enfermera Javiera

 

Tiene mucho pelo. Cuando la vi pensé ay es un búfalo con chaqueta verde rancho. Pero no fue ninguna bestia ni me derrumbó ninguna pared.

Ella tiene el tono de voz que desactiva la Cosa Pánica (la cosa tiene más de 7 millones de terminaciones nerviosas y muchas fibras musculares. Se extiende desde los tobillos internos hasta las axilas. Suele condensarse en espasmos vertebrales pero el escape acuoso sucede en la frente donde electroexplota por fisura psicoencefálica ).

Tiene pecas. Como una gran manzana. Y como esperar el caramelo, te acompaña en la “agonía” (otro día les cuento la etimología).

Javiera creo que no es de acá. Habla diferente. Ella, mar parcelado en breves playas, sabe copiar el ritmo como que sí como que no del océano. Si las tenazas llegan con sus dedos pedirán permiso y no van a prolongar el arranque. Si el algodón toca desde ella la piel abierta, una brisa húmeda sacará lo podrido y perfumará de caracola el búnker con camilla y lamparón.

Javiera es tan Javiera que desaparece a los doctores (los doctores son esos Señores de reloj tan grande que sobrepasan el guante de látex, y el guante de látex es ese preservativo multiplicado por diez con el que de vez en cuando te penetra el Señor del reloj). Todos las ideales arquetípicos con los que te desgajan, te estrujan y malinterpretan, de a ratos se volatilizan o sucumben con una burla cómplice de Javiera. Dicha manga de simioides (ver Doctor Sims) se callan cuando Javiera genera las preguntas claves y  sonriendo te toma la mano al confirmar la hipotética causa de tu Dolor.

El Dolor nunca activa la Cosa Pánica. Ésta es generada por el tratamiento que se le hace corresponder (en los hospitales el Tiempo se bifurca y sus raíces se disfrazan de ramas). Pero también están las murallas de Javiera que ponen frontera a la CP.

Yo siempre ruego que Javiera me reciba. Yo siempre juego a que ella es ola espumosa que corre al lado de la camilla.

Hay veces en que el tamaño y el color de las garras de las carroñeras te activa el circuito interno del espanto  (las carroñeras son dispositivos anestesiados que manipulan con desdén tus extremidades mediante aparatos que emplean irrespetuosamente). En esos momentos hasta el espéculo más pequeño te sangra de dolor y vergüenza y te vomitan un “echaste a perder la muestra, gorda, limpio y hacemos otro, dale ablandate”. A veces creo que si sobreviene un apocalipsis zombi no será porque un científico loco creara el virus sino porque una carroñera, comete una de sus imprudencias.

 

 

Yo ruego que si El Dolor toma el poder… nos reciba el mar.

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