Roberto I. Scherbosky Abogado-Mg.en GIRH Investigador INTA EEA LA CONSULTA 19/02/2021 Ante el debate suscitado sobre cómo debe ser la representación de los diversos sectores del agro en el Consejo Directivo del INTA, y de qué modo se debe cumplir con la misión del Instituto de ciencia y técnica, se propone aquí una breve descripción histórica, que si bien tiene su creación formal por medio del Decreto Ley 21.680/56 del 4 de Diciembre de 1956, tiene como antecedente a la Comisión Nacional de Investigaciones Agropecuarias que funcionaba desde su creación en 1946, bajo la órbita del Ministerio de Agricultura. El INTA nació con la finalidad de “impulsar, vigorizar y coordinar el desarrollo de la investigación y extensión agropecuaria y acelerar, con los beneficios de estas funciones fundamentales, la tecnificación y el mejoramiento de la empresa agraria y de la vida rural”. Desde 1956 a la fecha pasaron más de seis décadas, en las que se modificó sustancialmente la estructura agraria de nuestro país. En ese transcurrir, se sucedieron gobiernos con una mirada más desarrollistas, otros con una clara defensa de los intereses neoliberales, (entre ellos la dictadura cívico militar), también algunos elegidos por el voto popular y los gobiernos democráticos donde la presencia del Estado fue indispensable para un mejoramiento de la vida cotidiana de diversos sectores sociales. En ese marco vale resaltar que el INTA, como organismo de ciencia y técnica, elaboró un documento que se denomina Plan Estratégico 2015-2030, suscripto por la gestión del gobierno nacional anterior y también por la anterior conducción del INTA, donde se conceptualizan algunos criterios, que, por su vigencia, pongo en consideración: “El Sistema Agropecuario, Agroalimentario y Agroindustrial tiene relevancia estratégica para la Argentina por su contribución al desarrollo. Aporta al PBI, a la generación de divisas y de empleo, al desarrollo regional, a la producción de alimentos y al progreso tecnológico del sector, el cual deberá afrontar los desafíos globales de seguridad alimentaria, cambio climático, salud ambiental, equidad social, uso responsable y sustentable de los recursos naturales”. En dicho PEI se establece que “la Agricultura Familiar representa alrededor del 65% de los establecimientos agropecuarios, ocupa el 13% de las tierras cultivadas disponibles, genera el 20% de la producción y el 54% del empleo rural. Contabilizan unas 220.000 familias rurales y periurbana.[i] El dato coincide en gran medida con la publicación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura(FAO) que indica que en nuestro país «la Pequeña Agricultura Familiar (PAF) abarca el 66 por ciento de los Establecimientos Agropecuarios (EAPs), ocupa el 13,5 por ciento de la superficie, dato que se traduce en más de 23 millones de hectáreas. Este importante sector produce el 20 por ciento del Valor Bruto de Producción (VBP), que en números del año 2004 significó más de 12 millones de pesos; y contempla el 53 por ciento del empleo rural» (Ing. Julio Elverdín, Director del CIPAF Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Pequeña Agricultura Familiar, del INTA). En esa publicación se consigna que “Los pequeños productores estarían aportando a nivel nacional el 71% del empleo directo del productor o socio, el 87% del empleo permanente familiar (92% del empleo familiar sin remuneración y 71% del empleo familiar con remuneración) y el 36% del empleo permanente no familiar sin remuneración”. Por su parte, un informe de la FAO explica que “ante una estructura actual del campo argentino con 35.000.000 de hectáreas que están en manos de 936 dueños (35.000 hectáreas cada uno); mientras que 2.300.000 hectáreas están en manos de 137.000 propietarios, a un promedio de 16 hectáreas cada uno”.[ii] En diversos informes publicados se aportan otros datos sobre la agricultura urbana y periurbana que indican que aportan hasta el 25 por ciento del 80 por ciento de los alimentos que produce la agricultura familiar a escala mundial, por esto su rol como sector productivo es reconocido por gobiernos y organismos internacionales. De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), nueve de cada diez de las 570 millones de explotaciones agrícolas en el mundo están gestionadas por familias que producen alrededor del 80 por ciento de los alimentos del mundo. La Agricultura Urbana y Periurbana es practicada desde hace muchos años, tanto en ciudades de países industrializados (Tokio, New York, Berlín, Shangai) como en países en vías de desarrollo (Cuba, México, Buenos Aires, Bogotá). En China esta actividad es ancestral ya que muchas ciudades se autoabastecen de alimentos de esta manera: en Shangai el 60 por ciento de los vegetales, 100 por ciento de la leche y 50 por ciento de la carne de cerdo que se consumen son producidos en el área urbana y periurbana, ejemplifica el documento del INTA Agricultura Urbana y Periurbana en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Es importante tomar en cuenta los nuevos enfoques con los que se analiza la complejidad de los periurbanos y los mercados de cercanía. Delimitar y definir las ciudades y proteger los cinturones verdes es lo que hacen otros países del mundo. Por ejemplo Ontario (Canadá), el cinturón verde más grande del mundo, en la zona de mayor crecimiento de América del Norte; o Londres (Inglaterra) donde más allá de las tensiones inmobiliarias y los sectores que pugnan por el territorio, la preservación de los periurbanos con sus mercados de proximidad están incorporadas a la política pública y a la conciencia ciudadana. Los periurbanos son territorios complejos y en constante tensión: si se piensan buenas estrategias desde el Estado pueden ser una plataforma para una economía integrada, y la agricultura familiar un actor relevante. El INTA, como lo hacen otros organismos de I+D del mundo, debe integrar esfuerzos en el desarrollo de tecnologías de innovación que contribuyan a la producción agroalimentaria y agroindustrial sustentable, en cadenas cortas. Esta pandemia demostró cómo el sector de la agricultura familiar, con su producción de alimentos frescos, resulta relevante para garantizar la seguridad alimentaria en los mercados de cercanía. [iii] Como podemos ver, el Campo es un
Las mujeres harineras de Salvador Talquenca comenzaron su producción
La industria es impulsada por miembros de la comunidad originaria para el uso y preservación de sus bosques nativos. La comunidad de Salvador de Talquenca comenzó la producción de harina de algarrobo. Este proyecto de producción de harina se suma a otros dos que ya se encuentran funcionando, como son la producción de plantines de especies nativas y elaboración de miel. Para realizar esto se formó un grupo de trabajo de diez personas, en la que la mayoría son mujeres de la comunidad. Cabe destacar que ellas ya fueron capacitadas en manipulación de alimentos. El proceso Las tareas comienzan con salidas de campo para realizar una recolección de semillas de algarrobo (Prosopis flexuosa), que posteriormente son seleccionadas, para realizar la molienda de las de mejor calidad y elaborar la harina. En una primera etapa se alcanzó una producción de 18 kilos de harina, posteriormente fueron elaborados 50, y se espera que, a lo largo de dos meses, la producción alcance los 100 kilos. La industria de los alimentos, el sector al que ingresar Esta harina de algarrobo tiene varios destinos y usos, uno de ellos es la comercialización en paquetes de medio kilogramo para ser usada en la industria alimenticia. Además, esta harina es utilizada para la elaboración de barras de cereal, para la que además se utiliza la miel producida en la misma comunidad, integrando de esta forma las tareas de diferentes proyectos desarrollados en Salvador Talquenca. Esta industria se encuentra dentro de las acciones sustentables que la comunidad hace del bosque nativo. Fuente: Diario Huarpe