Dique Potrerillos, reflejo de la crisis hídrica en Mendoza. Fotografía: Pachy Reynoso.notas portada

El agua: de recurso hídrico a recurso económico

En un sistema social desigual, que el agua sea considerada un recurso económico puede remarcar estas desigualdades y vulnerar aún más el derecho humano al acceso a agua potable, además de afectar a otras especies.

Ana Paula ForteDoctora en Ciencias Geológicas (UNSJ)

Cristian Daniel VillarroelDoctor en Ciencias Geológicas (UNSJ)

El pasado 7 de diciembre, las aguas que conforman las principales cuencas fluviales de California, por primera vez en la historia, entraron en forma de acciones a cotizar en el mercado como materia prima de Wall Street. La noticia se esparcía como solución a los problemas de sequía y a la profunda crisis socioambiental de estos tiempos. Sin embargo, este hecho sin precedentes puede dar inicio a un profundo cambio en el modo de distribuir y concebir el agua en todo el planeta. En esta nota se intenta responder y abordar algunos de los principales cuestionamientos que se nos presentan.

Diversos intentos previos para privatizar el agua o su gestión se habían gestado a lo largo de todo el mundo, sin embargo, no fue hasta ahora que se logró cuantificar en un lenguaje globalizado su precio a futuro. Entre las experiencias previas cabe destacar el caso de Chile, que es el único país donde el acceso al agua es privado, es decir, donde la protección al derecho de propiedad privada y las garantías al libre mercado prevalecen por sobre los derechos humanos y ambientales.

Otro antecedente a esta situación fue lo que comenzó a tomar mayor impulso hace unos años en algunos países europeos, con la denominada balanza hídrica comercial. Se emplea para ello la medición de la huella hídrica, que es un indicador que hace referencia a la cantidad de agua dulce que se utiliza directa o indirectamente para producir cierto producto o servicio. Algunos países europeos aplicaron ciertas restricciones o beneficios para fomentar la exportación de productos con baja huella hídrica y la importación de productos de elevada huella hídrica. De esta manera, en forma indirecta, se estaba comercializando y cuantificando el valor del agua. Sin embargo, esta nueva cuantificación monetaria se presenta como un nuevo índice objetivo para mejorar la correlación entre oferta y demanda en los mercados, y con un discurso que asegura una gestión más justa de su distribución y sus usos. Ante esto nos planteamos varias preguntas.

¿Es posible que, en un sistema tan desigual, se pueda distribuir equitativamente el agua a partir de su nueva cotización?

El agua como sustancia natural fundamental no solo para los ecosistemas de nuestro planeta, sino también para sostener el sistema productivo e industrial de las sociedades humanas actuales, es mencionada en la literatura científica y periodística como un recurso, como un recurso hídrico. Este es un enfoque antropocentrista que enmarca la concepción de una parte de las poblaciones industrializadas, y a partir del cual se suelen realizar las tomas de decisiones. En ese contexto, es sensato asumir que estos recursos se distribuyen de manera desproporcionada, y no nos referimos a la desigual distribución del agua dulce en la tierra que es de modo natural, sino a la decisión de otorgar agua a unos sí y a otros no. Es sabido que mientras algunos sectores productivos, industriales y ciertas urbanizaciones sobreexplotan estos recursos, miles de millones de personas no tienen acceso a los mismos; sin mencionar la desconsideración para con otras especies. Ante ésta innegable realidad y comprendiendo el significado que tiene el agua para los ecosistemas terrestres, cuesta mucho imaginar una armonía entre el mundo tal como lo conocemos y un futuro donde la preservación de los sistemas hidrológicos aguarde la vida de los seres que actualmente habitan el planeta.

¿Por qué esta cotización se da ahora y no antes?

Esta cotización del agua en el mercado llega en medio de una crisis socioambiental histórica, luego que la sociedad y los tomadores de decisiones coincidan con la problemática de la escasez de recursos hídricos. Es un escenario que propicia una probabilidad de aceptación social mucho más alta, respecto a un tema tan sensible como lo es la mercantilización del agua. Hasta hace muy pocos años, en la conciencia colectiva, se consideraba al agua como una sustancia natural e infinita, ahora es percibido como un recurso finito y lo que antes eran solo especulaciones, comienza a tener una forma más real.

¿Qué implica que el agua sea considerada una materia prima o un recurso en un sistema antropocentrista?

Aunque muchas veces cuesta que se asuma y reconozca, de fondo siempre hay un contexto que enmarca nuestros conocimientos. Uno de estos marcos epistemológicos y éticos que predominan en la actualidad es el antropocentrismo, donde los intereses de los seres humanos son considerados supremos y prioritarios ante los intereses de otras especies. En general, podemos decir que vivimos en una sociedad cuyo sistema socio-político responde a un marco antropocentrista. El paulatino reemplazo de la palabra agua por recursos hídricos da cuenta de ello; este ejemplo tiene además una mirada utilitarista de los materiales, dándole más valor a sustancias de mayor competencia para complacer a la humanidad y sus maneras de vivir, quitándole peso a la importancia que tienen por su mera existencia y en el caso del agua por toda la biodiversidad que depende de ella. En un sistema capitalista y antropocentrista preocupa la cuantificación del agua, en la misma medida que también preocupa esta mirada utilitarista sobre ella. Sin ánimo de causar temor, pero si con ánimos de reflexionar y encaminar nuestras vidas hacia una sociedad más saludable, pensamos que es importante mencionar que el escenario que se nos proyecta no es muy alentador. En un sistema social desigual, que el agua sea considerada un recurso económico puede remarcar estas desigualdades, puede vulnerar aún más el derecho humano al acceso a agua potable, al tiempo que afectaría a otras especies, ya que lógicamente otras especies no podrían participar de la compra del agua para su consumo.

Ante este panorama, nos resulta indispensable buscar una coherencia entre nuestras acciones y nuestras búsquedas. La educación y la ciencia son asuntos políticos, no tomar posición y creer que la objetividad es neutra denota una gran irresponsabilidad, y en general da apoyo a la ideología hegemónica.

¿Qué pasa en Argentina? ¿Cómo cambiaría nuestra relación como individuos con esta sustancia tan importante y fundamental para la vida en un mundo donde el agua tenga valor de mercado?

En contraste con Chile, Argentina cuenta con una ley Nacional de Presupuestos Mínimos para la Protección de Glaciares y del Hielo del Ambiente Periglacial. Es uno de los instrumentos legales pioneros en el mundo en materia de protección de reservas de agua. Esta ley, a pesar de contar con 10 años, no se está cumpliendo ni respetando. Aún no se han definido los objetos de protección, es decir las aéreas alcanzadas por la ley nacional. Mientras tanto, la minería metalífera en los Andes Áridos y los proyectos mineros en diversas cuencas cordilleranas, siguen avanzado a pesar de que se superponen con áreas donde existen cuerpos con hielo del ambiente glacial y periglacial alcanzados y protegidos por la ley. Uno de los primeros pasos que tenemos que dar para proteger el agua almacenada en forma de hielo en las nacientes de nuestras cuencas, es exigir que estas legislaciones vigentes sean cumplidas. Actualmente, en la provincia de San Juan no se aplica la ley de glaciares. Tampoco existe pandemia, ni crisis hídrica histórica que haga revisar la utilización de agua debido a la explotación de metales en las nacientes de esas cuencas.

Por supuesto que existen eventos de sequía que afectan a todo el margen continental sudamericano, pero no hay que subestimar los volúmenes de agua que las actividades mineras utilizan. En la provincia de San Juan, a pesar de que la mayoría de los proyectos mineros no están en producción, ya existen problemas de agua que afectan ecosistemas, comunidades y sus actividades productivas tradicionales. No es muy difícil imaginar cómo se complejizaría ese escenario si las actividades mineras avanzan en la cordillera de los Andes. Estas actividades se presentan como una solución cortoplacista a problemas graves y dolorosos como la pobreza, el hambre, la falta de trabajo, pero generando altos impactos ambientales, sociales y culturales. Sin mencionar que muchas veces esos trabajos son inestables o insalubres, y que a largo plazo estos modelos de desarrollo económico basados casi exclusivamente en estas actividades extractivistas no han podido solucionar estos problemas básicos y fundamentales.

Un pensamiento a largo plazo amerita por un lado considerar con seriedad el costo ambiental de estas actividades, como así también el impacto en la historia, la cultura, los vínculos sociales y ambientales, y en general las maneras de vivir de cada región. A veces, los esfuerzos del Estado por mejorar la imagen de estas actividades han impactado fuertemente en los espacios públicos, tanto a nivel social como cultural. En diversas geografías y contextos se repite una misma situación de quitar espacio y participación en espacios públicos a quienes disienten de estas actividades, empobreciendo nuestros espacios comunes.

Un pensamiento a largo plazo es el que debería primar en la gestión racional del agua a nivel nacional, regional y provincial. La cuenca hídrica, como unidad de estudio, debería ser la base sobre la cual planificar las diferentes actividades.

Además, también es importante y enriquecedor para toda sociedad que las decisiones sean tomadas en un marco de intercambios reales. Muchas veces sucede que no se considera la voluntad de las poblaciones; gran parte de la ciudadanía vive intranquila y rechaza la idea de que se instalen actividades de alto impacto ambiental en su territorio. Es una intranquilidad que no se puede medir ni cotizar en las bolsas de Wall Street, pero que también existe y también importa.

¿Precisamos de cambios de hábitos drásticos individuales y colectivos para conservar el equilibrio ecosistémico entre el consumo de agua de nuestra especie, respecto de otras, y con el ambiente en general?

La crisis socioambiental mundial nos obliga a repensarlo todo: ¿Cómo nacemos, crecemos y nos relacionamos con los demás? ¿Qué comemos? ¿Cómo vivimos? ¿En qué trabajamos? ¿Para qué y para quién? La Filosofía Ambiental engloba muchas de esas preguntas, a pesar de haber permanecido en las sombras durante las últimas décadas y haber sido bastardeada por los defensores del progreso industrial. Sin embargo, durante este tan duro 2020, preguntarnos acerca de cómo queremos vivir y buscar una coherencia con nuestras acciones diarias, es vital. Aun con pleno conocimiento de todo el compromiso y los riesgos individuales y colectivos que estos cambios implican a nivel social, cultural y político.

* Los autores son becarios posdoctorales del Conicet, especializados en diferentes aspectos de los ambientes glacial y periglacial de los Andes Áridos.

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