El Cimbronazo

POÉTICAS TRABAJADORAS

 

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Por: Beatríz Zuru

 

Viajar en el tiempo: las 10 verdades absolutas que hay que acatar en este valle de lágrimas

 

¿Por qué y qué escribir ahora? ¿A alguien le hace falta pensar esto conmigo? ¿Qué estoy viviendo o qué está viviendo de mí? ¿Qué amor nuevo se esfuma por no mirar más atenta? ¿Cuánto me arrebata la urgencia de escribir estos renglones obesos y anémicos? ¿Hasta dónde olfatea y escarba su necesidad de leer?

Cuando quiero decir muchas cosas y estoy atragantada, intento resolver con preguntas mi conflicto. Pero los dilemas, según se dice, se solucionan con aseveraciones, no con más preguntas. Pero el problema (o “mi” problema) siempre son los “tengo que”, “hay que”, “debe hacerse esto”. ¿Por qué? Y no es de “reíta”, como me dice una compañera del trabajo, sino porque no son mis “tengo que”, “hay que”. No los elegí, no los decidí. Alguien los dictó y una debe ir y ponerse a acatar.

Hay un odio intestino contra el tótem invisible de lo obligatorio.

Hay una ira contra lo que cayó del espacio rompiendo mi atmósfera e incendiando mis bosques.

Hay un doctorado en rabia contra lo que anda boyando y ancla en la tapa de mi cabeza, en los pliegues de mi vagina, en las puntas de mis pechos, en lo duro de los talones, en lo blando de mis manos.

Sin razón justa. Sin utilidad aparente. Sin argumentación solidaria a mí. Serpiente, manzana, expulsión, ¿les suena? ¿Qué cosa, no?

Asique ahora, Tótem Meteorito Régimen de Convivencia, yo te invoco para que escuchés lo que yo te pregunto: ¿qué tienen que ver un trapo de piso, Dragon Ball y Xuxa? ¿Las piernas, las películas de terror y los gatos? ¿tu poder de metástasis hasta dónde penetra que mete en la misma hoguera un color, una ley sancionada por organismos estatales, una danza típica y una prenda de vestir?

Pero a menudo, más frecuentemente de lo que quisiera, a diario y sin reparar en ello (porque no soy panóptico full time del Panóptico, y él sí lo es), viajo en el tiempo. Esta semana estuve en la Edad Media y recordé los viajes que desde la primaria vengo haciendo. ¡Atencióóón investigadores medievalistas! ¡Yo sé! Soy una privilegiada, me dirá Usted, querida lectora. Pero si es por viajar no malgastaría mi tiempo ni ensuciaría el espacio con los siglos de la teocracia.

Ahora voy, mire fijesé, a exponerle Las Diez Verdades Más Absolutas que me acuerdo en este momento mientras desayuno, para que vean que no hablo porque sí no más:

En otra ocasión ya hablé de listas. Debo reconocer, no puedo prescindir de ellas. Tal vez la única norma que se desnorma y por eso celebro cada sábado con Usted, mi amiga lectora, sea el lenguaje. El tótem que arde en cada una, la huerta que pisoteamos y sembramos y hace bosques sin notarlo. Una reserva dulce en la que, al menos por ahora, podemos nadar desnudas.

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