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POÉTICAS TRABAJADORAS

Cuarta entrega, dale sentate cómoda, cómoda y lee.

 

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Por: Beatriz Zuru – Columnista

 

Graciela, que necesita estar alerta

 

De 07:30 a 12:00 está en una confitería importante del centro. Va a su casa. De 15:00 a 16:00 repasa baños y muebles en las oficinas de la Mendoza. De 16:30 a 22:00 vuelve a la cafetería. Los fines de semana cuida a su nieto y sus sobrinos. Se niega a vender Avon (menos Natura) porque para negociar es malísima (eso lo dice ella, pero a mí me vendió -me obligó a comprarle- su historia y eso que debo unos buenos mangos al de la librería…).

Ella es Graciela. Y siempre se las rebuscaba para escuchar música. Desde la época del pasacaset, pasando por el mp3 al celu con tarjeta de memoria. Hasta aquí todo muy camino hacia la felicidad, estarán diciendo. Tranquis… hay un pero.

Pero ya no quiere escuchar música. Dice que ya no puede elaborar fantasías que le dan cosquillas mientras atiende la caja o arma sánguches. Necesita estar más pendiente de las cosas. No confirma que no extrañe esos metejones con cumbias terribles de fondo, pero ya fue, asegura. Necesita recordar mucho: cuántos packs de gaseosa cara encargar y cuántos de agua saborizada, kilos de fruta para los licuados, desodorante para los pisos, manteca para las masas finas, enseñar a las chicas nuevas y tratarlas bien porque igual las van a sacar pronto, a qué hora colgar la ropa, qué remedio le toca a qué familiar, cuándo vence la boleta de luz, cuándo le tiene que venir a su hija, los horarios del colectivo… porque Graciela debe saber y poder controlar muchas cuestiones.

Pero los recuerdos se le disparan, o será la atención, no sabe muy bien distinguir, afirma. A veces las ideas se van o la memoria sale echando bala, dejándola con cara de tarada ante el mundo que interesa perseguirla exigiéndole más a cada segundo, traéme, hacéme, ayudáme, apuresé, deme, argumenta Graciela. Otras veces se esfuman las palabras que necesita urgente, se le desaparecen como esos fantasmas que nos miran dormir y se van caminado suavemente cuando atina la alarma de las 6. Calculo que quiere abrir la sábana y decirle al fantasma: vení, nos quedemos acá un ratito. Pero por el momento nos dice que no lo va a hacer.

De noche, cuando vuelve en el colectivo, desearía poder volver a darse el lujo de dormir un rato mientras la radio sintonizada le regala una gran escena de pasión justo en la esquina del barrio. Pero tiene la hipótesis de que si se duerme la van a despertar en el parador de la empresa y sería tan de noche como triste. Además, explica, el remis nunca fue una opción.

Puede ser que esté desgastada. Pero me siento como una máquina que busca ahorrar batería. También te estás volviendo aburrida me dice mi hija. Aburrida no, sólo estoy alerta para poder decidir.

 

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