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La globalización goza de buena salud

Emmanuel Macron se ha convertido en el próximo presidente de Francia. A diferencia de lo sucedido el año pasado en las elecciones presidenciales estadounidenses y en el referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea, esta vez los encuestadores y analistas pueden respirar tranquilos al constatar que sus vaticinios finalmente se cumplieron.

También respiran aliviados los principales formadores de opinión de la prensa europea, así como la dirigencia política “europeísta” que recorre asiduamente los pasillos de Bruselas y Estrasburgo. Esto debido a que Marine Le Pen, la contrincante de Macron en el balotaje francés, aparece en el imaginario de estos sectores como la mismísima encarnación del mal. En rigor, esta imagen no está tan alejada de la realidad: Le Pen es la principal dirigente de la extrema derecha francesa y se ha hecho con una nutrida base de seguidores a partir de un discurso xenófobo, racista e islamófobo que resulta una digna actualización de la doctrina de su padre, el criminal de guerra y también dirigente de la extrema derecha Jean-Marie Le Pen.

Sin embargo, resulta difícil alegrarse por el triunfo de Macron. Como recientemente ha señalado el filósofo esloveno Slavoj Žižek, los votantes occidentales aparecen atrapados en disyuntivas donde se elige entre la continuidad de los modelos económicos y políticos elitistas vigentes o un viraje hacia modelos potencialmente aún más regresivos, que a la exclusión económica le sumen discriminación social y cultural.

Lo sencillo es imaginar cuál será la política que Emmanuel Macron llevará adelante. Nos ha dado suficientes pistas en su rol como Ministro de Economía del actual presidente François Hollande, de quien se apartó para formar el partido con el que acaba de ganar las elecciones, no sin antes impulsar dos leyes de flexibilización laboral que llevaron a que miles de franceses salieran a protestar en las calles durante semanas. Sus opiniones sobre el futuro de la Unión Europea y la relación de Francia con el resto de los países occidentales resultan una confirmación del rumbo que el centrista liberal espera darle a su gobierno. El peligro de la derecha racista ha sido evitado al costo de profundizar los peores rasgos de un modelo económico decididamente elitista, sin que surja aún una opción política más amigable con las clases populares de Francia.

¿Qué obtenemos nosotros de todo esto? En primer lugar cabe notar que la idea en torno a un irrefrenable comienzo del fin de la globalización y el neoliberalismo, signado por el Brexit primero y la elección de Donald Trump después, parece desvanecerse poco a poco. Que las instituciones europeas y estadounidenses “globalizantes” se encuentran agrietadas es algo innegable, pero esto no significa que estemos frente a un proceso lineal, exento de contradicciones o siquiera cerrado. Los resultados de las recientes elecciones en Francia y Holanda son prueba de ello, al igual que muchas de las decisiones de Trump como presidente. La globalización goza de buena salud.

Los líderes de la derecha latinoamericana encontrarán en Emmanuel Macron un probable socio comercial y político, que intentará propiciar el acercamiento económico entre ambos continentes. Esto en el marco de una Francia estancada económicamente que busca colocar sus productos en nuevos mercados con la mayor rapidez posible. A su vez, la hipótesis acerca de la conveniencia para los procesos populares de Latinoamérica del triunfo de líderes anti-globalización en los países centrales se desmorona al tiempo que la xenofobia trumpiana parece un producto mucho más exportable que el proteccionismo económico. Desde hace al menos un siglo sabemos que las derechas radicalizadas son capaces de apelar tanto al odio a las elites económicas como a grupos marginalizados de la sociedad, pero llegado el momento son los segundos quienes suelen sufrir las consecuencias mientras que los primeros simplemente logran reacomodarse al nuevo esquema. No es de extrañar que, en tres meses de gobierno, Donald Trump ya haya puesto en marcha la deportación de mexicanos y latinoamericanos pobres pero no haya hecho nada con respecto al establishment económico que planeaba domesticar. Salvo la rebaja impositiva más grande de la historia estadounidense, que beneficia especialmente a las grandes corporaciones de aquel país. No hay motivos para pensar que un gobierno de Le Pen en Francia presentaría características diferentes.

El 66,1% de los votos que Macron obtuvo le supusieron un triunfo cómodo en el balotaje. Sin embargo, el desempeño de Le Pen fue notablemente superior al que su padre logró cuando en 2002 enfrentó en condiciones similares a Jacques Chirac. En aquella ocasión, el veterano dirigente de extrema derecha alcanzó apenas el 17,8% de los votos, frente al actual 33,9% de su hija. Quince años median entre ambas elecciones y tal crecimiento electoral parece un síntoma de los problemas sociales y económicos que el establishment político francés resulta incapaz de resolver.

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