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Alejandra Pizarnik, salvaje e indagadora

A 85 años del nacimiento de Pizarnik, la poeta Fedra Spinelli señala los puntos distintivos de la obra de Alejandra y recomienda cómo y por dónde empezar a leerla.

30 de Abril de 2021

Flora Alejandra Pizarnik o, como todos la conocemos, “Alejandra”, nació en el Hospital Fiorito de Avellaneda el 29 de abril 1936. Estudió en la Escuela Normal Mixta de Avellaneda y se recibió en 1953. Un año después comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA), al mismo tiempo que se inició en el mundo de las artes de la mano del pintor surrealista Batlle Planas. También empezó periodismo, pero terminó por abandonar los estudios formales. Sin embargo, en las clases de Literatura Moderna de Juan Jacobo Bajarlía, descubrió a los autores surrealistas como André Bretón y Tristán Tzara. Bajarlía fue el primer lector de los poemas que conformarían su primer libro, La tierra más ajena, publicado en 1955, cuando ella tenía 19 años.

Cinco años después, y con cuatro libros publicados, se trasladó a París. Allí trabajó para la revista Cuadernos y varias editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios; tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé y a Yves Bonnefoy, y estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. En esos años conoció a Octavio Paz, Julio Cortázar e Ivonne Bordelois. Volvió a Buenos Aires en 1964, conoció a Silvina Ocampo, de quien se hizo amiga, y publicó otras siete obras con poemas, relatos surrealistas y novelas cortas. Falleció el 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, después de ingerir 50 pastillas de Seconal, un medicamento utilizado para tratar el insomnio.

En vida, su obra había ganado el Premio Municipal de Poesía (1965), la Beca Guggenheim (1969) y la Beca Fulbright (1971).

A 85 años de su nacimiento, la recordamos hablando de ella con la poeta Fedra Spinelli, experta y estudiosa de la obra de Pizarnik.


La poeta Freda Spinelli da talleres sobre Alejandra Pizarnik. Crédito: María Horton.

-¿Qué es lo distintivo de la obra de Alejandra Pizarnik?

-Yo creo que lo distintivo de la obra de Pizarnik es lo salvaje. Ella se corre de las estructuras formales, juega con las figuras de la retórica pero totalmente a favor de sí misma, no es que quiere cumplir las reglas. Desarma las reglas, arma un juego personal, un propio juego. Cuando se lee a Pizarnik, se lee un universo que no se le parece a nadie. Nadie se parece a Alejandra Pizarnik, pero todos identificamos su obra o un fragmento de su obra y decimos: esto es Pizarnik. O sea, armó una marca propia. También destaco que ella hace toda su obra con menos de 36 años. Es súper joven. Después, muchas veces me pasa en los taller que doy sobre ella, que la gente hace hincapié en el suicidio, como si el suicidio ensombreciera toda la obra. Y al revés, a mí me parece que tiene una potencia poética alucinante, que está llena de vida, que tiene un hambre por la poesía enorme, que todo el tiempo quiere ir más allá, que se desafía a sí misma. Desafía al lenguaje, desafía a las formas, desafía lo que se espera. Ella no escribe para que la miren. No escribe para los profesores, no escribe para la academia, no escribe para las editoriales. Tiene una obsesión. Lo salvaje y lo obsesivo es lo distintito de la obra de Alejandra.

Una vez en uno de mis talleres, alguien dijo que le daba miedo leer a Pizarnk y que por eso iba al taller a leerla con otros. Ella toca una zona muy oscura y todo el tiempo su temática es la muerte. Juega a “voy a hablar de lo oscuro” y sin embargo es súper luminosa, en todos sus poemas hay una luz, una especie de farolito que empieza a alumbrar. Lo que ella no tiene son certezas, siempre pregunta y la pregunta abre otra pregunta y la pregunta abre otra pregunta. De hecho sus poemas tienen preguntas. Ahora es muy común que los poemas tengan preguntas, pero yo se los descubrí a ella principalmente. Le preguntar incluso a las cosas, a la nada, al lenguaje. Otra característica de su obra es que ella todo el tiempo se pregunta: ¿es posible decir? ¿Las palabras dicen lo que dicen? ¿Dicen más pero no dicen? Hay todo un juego sobre la posibilidad y la imposibilidad del lenguaje.

-¿Por qué se interesó en la obra de Pizarnik?

-La empecé a leer a los 18, 19 años; para mí fue el ingreso a la poesía, a la poesía grande, a la poesía profunda, a la poesía salvaje, con trabajo de la palabra. La empecé a leer de chica y empaticé absolutamente con ella. Hay algo de lo sombrío que obviamente es muy atractivo en la adolescencia. Hay algo dark incluso y que es muy seductor. Yo leía y escribía; y me robaba versos de ella y seguía escribiendo lo que ese verso significaba en mí. Así empiezo a escribir poesía: por ella. Por lo que ella me empujó, por lo que su obra me dejó titilando.

También otra cosa que me gusta es que ella trabaja todo el tiempo con mitos. En Árbol de Diana, está hablando de Diana la cazadora. En El infierno musical, el poemario lleva el título del tercer cuadro del tríptico de El Bosco, El jardín de las delicias. Si leés El inferno musical mirando El jardín de las delicias, empiezan a aparecer un montón de sentidos.

-¿Tiene algún poema preferido? En ese caso, ¿por qué ese?

-Últimamente mi obra favorita es Árbol de Diana. Digo últimamente porque tuve épocas en que me gustaron más otras: su obra me atravesó toda la vida. El inferno musical y particularmente el poema “La piedra fundamental”, que me lo sé de memoria, me gustan muchísimo. Ese poema creo que es una obra infinita. Cuando leés y releés algo como un estudioso y obsesivamente, y te sigue hablando en formas nuevas, es que ese poema está logradísimo. No me gusta medir la obra de una artista por si se suicidó o no se suicidó, si era depresiva o no era depresiva.

Hay que mirar lo que ella nos dejó y ella nos dejó una obra enorme, inmensa, impresionante, llena de riquezas, llena de luces y sombras, de laberintos, de espejos. Me encanta el sistema de reflejos que ella tiene. Todo el tiempo hay luz y oscuridad. Puertas que se abren y que no abren. Espejos, rebotes, animales mitológicos o místicos.

-¿Qué lugar ocupan los diarios en la obra? ¿Qué revelaron cuando fueron publicados?

-Me concentré más en el estudio de la poesía. Pizarnik también tiene prosa poética, que está buenísima, pero no es mi especialidad. En relación a los diarios, los usé como soporte de biografía. En la línea de lo biográfico, están los diarios y las cartas, que también se habían empezado a publicar. Ahora aparecieron dos tomos de cartas más y es mucho mayor la información que hay. Incluso las cartas con el psiquiatra, Leon Ostrov. Me da la sensación que la aparición de Diarios sació la necesidad de los lectores de saber por qué se suicidó. Lo mismo con Kurt Cobain y sus diarios. Por qué será que un artista se suicida. Por qué lo hizo si era tan brillante. Esa cosa de no entender el alma de esa persona que tomó esa decisión o que necesitaba tomar esa decisión.

Lo que me pareció maravilloso es que los diarios y también las cartas son absolutamente poéticos. Es prosa poética en estado puro. Ella sigue, aun escribiendo en sus diarios, escribiendo poéticamente. Lo único que importa en la vida de Alejandra Pizarnik es la poesía. Esa es la mayor revelación que me dejó la lectura de sus diarios y cartas. Lo que me siguen confirmando los diarios y las cartas es que ella amaba el lenguaje.

Por un lado nos revelan cosas de su sentir y de su intimidad, pero no son diarios chismosos ni del tipo “me tomé un café”, sino que siguen siendo indagaciones sobre la poética, sobre su propia poética, sobre la poética en ella y sobre la poesía en el efecto de su cuerpo.

-¿Qué recomendaría para empezar a conocer la obra de Pizarnik?

-Diría que empiece por Árbol de Diana, quizás el libro más feliz de Pizarnik. Cuando ella se va a París, se independiza, sale de su casa natal, es su despegue, es cuando ella se construye como poeta. Ahí va a encontrarse con amigos, con Julio Cortázar, llega a conocer a Simone de Beauvoir. Ella leía a los poetas franceses, fanática de Rimbaud, incluso se dice que ella es la última de los poetas malditos. Esa décima de los poetas de vivir poéticamente, de que la vida y la poesía se funden al punto que el poeta es poesía y no hay diferencia, ella la lleva al extremo. Y me parece que ahí es donde, si bien es feliz, toca los límites que siguen estando en el mundo, en la vida y también se conecta con una tristeza muy grande. Pero más allá de eso, que es lo emocional, logra una obra que para mí es impresionante.

Fuente: Ministerio de Cultura Argentina

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