¿Por qué el Estado Islámico aún no ha sido destruido?

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Durante estos días la batalla por la ciudad de Mosul –una de las ciudades más importantes de Irak y la capital del Estado Islámico en aquel país- parece estar llegando a su fin. Sin embargo, la derrota que el grupo terrorista está sufriendo a manos del ejército iraquí no implica que vaya a producirse su desaparición: enormes porciones de territorio sirio e iraquí aún permanecen bajo su control, sin que estos países hayan encontrado un modo definitivo de enfrentarse al grupo dirigido por Abu Bakr al-Baghdadi.

Frente a este panorama surge la obvia pregunta en torno a cómo es posible que un grupo universalmente condenado por la comunidad internacional, que practica una versión ultraconservadora y premoderna del Islam, responsable de crímenes atroces contra poblaciones civiles y que disputa el control territorial de dos Estados soberanos –tres si contamos la reciente insurgencia que el grupo viene llevando a cabo en Filipinas- continua existiendo tres años después de que su fundador declarara el nacimiento del Califato, el 29 de junio de 2014.

Podemos empezar señalando algo que todo grupo insurgente aprende desde sus inicios: es imposible sostener una contienda militar contra un Estado si no se cuenta con por lo menos un poco de apoyo exterior, preferentemente de una potencia. Sin este tipo de ayuda es sólo una cuestión de tiempo para que la insurgencia sea aislada y destruida. Por otra parte, un grupo armado encuentra suelo fértil para crecer y desarrollarse en aquellos lugares donde existe una notable ausencia del Estado y donde los lazos simbólicos que cohesionan una comunidad nacional son más débiles o tienden a desintegrarse. El Estado Islámico vio satisfechas ambas condiciones muy rápidamente.

El grupo original que se transformó en lo que hoy conocemos como Estado Islámico nación en Jordania en 1999 bajo el mando del mítico Abu Musab al-Zarqawi, uno de los más fieros comandantes de la resistencia contra Estados Unidos en el Irak post-Saddam. Fue precisamente allí donde este y otros grupos encontraron las condiciones perfectas para crecer y multiplicarse: Saddam llevaba 24 años gobernando Irak, el país había alcanzado cierta prosperidad basada en la producción de hidrocarburos y –sobre todo- existía una administración laica de los asuntos del Estado. Una vez que Saddam fue removido del poder por EEUU y sus aliados fue cuestión de semanas para que las tensiones religiosas y sectarias existentes entre las poblaciones sunitas y chiitas del país estallaran violentamente.

Ningún bando se beneficia más a partir de explotar tensiones religiosas que grupos como el Estado Islámico, para los cuales la construcción identitaria –en este caso, basada en el apego a una versión ultraconservadora del Islam sunita- forma parte de su núcleo ideológico y organizativo. Sin embargo, el salto cualitativo de la organización se produce en 2014 y ya bajo el mando de al-Baghdadi. Es en este punto donde el grupo adopta el nombre de Estado Islámico de Irak y el Levante y, a partir de una serie de ofensivas militares relámpago, logra hacerse con porciones sustanciales de territorio sirio e iraquí. De ser una de las incontables organizaciones insurgentes que florecieron durante la ocupación estadounidense de Irak el grupo pasó a convertirse en un Estado en sí mismo, bajo la forma de un Califato islámico con su propia administración civil, sistema tributario, redes de financiación y fuerzas armadas organizadas como las de cualquier país reconocido internacionalmente.

A partir de este momento el grupo adquiere creciente notoriedad en los medios de comunicación mundiales. Primero debido a la espectacularidad de los crímenes que comete contra sus enemigos, sean militares o civiles, y luego por dedicarse a realizar ataques terroristas en diversas ciudades europeas y estadounidenses. La condena internacional alcanza niveles de unanimidad inéditos desde tiempos del nazismo y numerosos países se comprometen a eliminar la presencia del grupo, entre ellos EEUU y Rusia.

Sin embargo, existen muchos intereses ocultos detrás de las declamaciones que la comunidad internacional realiza. Entender por qué el grupo aún pervive puede desprenderse de una lectura sobre el juego que actualmente lleva a cabo.

A pesar de haber realizados ataques como el del teatro Bataclan en París o la discoteca Pulse en Orlando, el objetivo central del Estado Islámico consiste en purgar los territorios donde opera de musulmanes chiitas, “traidores de la fe” a los que considera de una manera equivalente a apostatas. Ningún grupo se ubica tan bajo en la cosmovisión del ISIS, incluso por debajo que cristianos, judíos y laicos, aunque todos estos colectivos también son su objetivo. Además, las ofensivas militares del grupo están dirigidas contra dos países -Siria e Irak- que mantienen excelentes relaciones con el Estado que alberga la mayor población chiita del mundo: Irán.

Países como Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Turquía se ven enormemente favorecidos por las acciones del ISIS. En el ajedrez de Medio Oriente nadie gana más que estos países al verse debilitados Irán y sus aliados, con quienes mantienen una disputa no sólo religiosa sino también geopolítica. Del resultado de la guerra en Siria surgirá un nuevo panorama en Medio Oriente y el Estado Islámico, a pesar de la estelaridad de la que goza, es apenas una pieza más en el campo de las potencias sunitas en la región. Es por esto que dichos países, a pesar de formalmente condenar al grupo, en la práctica los abastecen directa e indirectamente.

Pero la funcionalidad del grupo no termina ahí. Un informe reciente[1] redactado por el Carnegie Middle East Center, un influyente think-tank financiado por el gobierno estadounidense, plantea abiertamente que Estados Unidos preferiría que el Estado Islámico no sea derrotado si esa derrota viene a manos de Irán y Siria. Expertos militares israelíes han señalado algo similar: la destrucción del ISIS resultaría beneficioso para Irán, mientras que las acciones actuales del grupo resultan absolutamente funcionales a los intereses de Israel en la región[2].

El mundo condena las acciones del ISIS. Sin embargo, sufrir algunos atentados esporádicos en países occidentales es un pequeño precio a pagar por gozar de una herramienta tan útil en Medio Oriente. Estados Unidos y sus aliados sunitas han demostrado que están dispuestos a mucho más que eso.

 

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